La música y la palabra (cuando actúan en conjunto, cuando ocurre la complicidad) son una buena fórmula para cambiar la realidad.
Como ocurre con casi todas las cosas de las que uno está muy seguro no necesito extenderme demasiado para declarar que la realidad es algo que depende de nuestra percepción. Y no estoy diciendo que nos la inventemos, más bien estoy asegurando que la creamos... y que la palabra (pronunciada, pensada o escuchada) es una herramienta feroz a la hora de hacerlo. De hecho es un arma cuya carga dependerá de las intenciones del hablante en cuestión (recordad a Celaya).
Cuando hablamos de canciones la música debería venir a decir cosas que la palabra no alcanzaría. En una buena canción la música no es ningún adorno: es un pasaporte a las profundidades. Es la intención más inconfesable y a veces involuntaria de la palabra. Es todo aquello que dicho podría bordear el exceso o caerse en él... pero que cantado se mete en la sangre como un elixir...o un veneno.
La buena música nunca está de acuerdo con la palabra mal dicha: la contradice, la humilla y la hace caer. Es el lenguaje del alma, no pasa por el tamiz de la mente. La música es pura conexión con el universo.
¿Os habéis detenido a pensar por qué tantas canciones caen en el olvido?
Es porque la música o dice la verdad o no dice nada. Independientemente de con cuanta pericia las palabras intenten engañarte, sin complicidad entre música y letra una canción se desmorona y muere.
En cambio cuando ocurre esa alianza extraordinaria, cuando el escribidor de palabras se escaquea de la mente y ocurre la magia, frente a esta canción ya podrías oponer toda la resistencia que quisieras y aún así no podrías hacer nada frente al hecho de que te morderá.
Y tampoco podrás hacer nada frente al hecho de que un cambio profundo en tu vocación sobre la realidad estará servido.
Un abrazo,
Pilar
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