Con mediana frecuencia se encuentra uno con personas que quieren controlar la vida ajena.
Están dispuestos a hacer grandes cosas con el material que consideran a "su" disposición y podrían jurar que en las mismas circunstancias serían capaces de hacer verdaderas virguerías con la vida de los otros.
Antes me molestaba. Me resultaba de una violencia insoportable. Me parecía que la persona en cuestión estaba intentando minimizar deliberadamente mi capacidad de llevar adelante mi vida y de pringar con los resultados de mis decisiones mal tomadas. También me molestaba que no estuviera siendo consciente de mi enorme sentido de responsabillidad y de mi lealtad con mi entorno. En fin, yo supongo que el ser tan defensivo es sólo una característica de la juventud que se extiende hacia la madurez y que a veces la traspasa peligrosamente.
Por suerte en mi caso no.
Desde un tiempo a esta parte no me importa en lo más mínimo que me den instrucciones que no he pedido y que en principio considero que no me hacen falta... pero me sigue sorprendiendo que las personas que lo hacen no se sientan un poco avergonzadas al hablarle a otro adulto como si tuvieran alguna credencial que les habilitara para hacerlo. Ahora cuando me dan instrucciones de este tipo considero elegante que ni siquiera se note lo extrañada que me siento.
Mientras le escucho pienso que esa persona está hablando para sí misma en un ejercicio de autoafirmación, cuyas razones desconozco y desconoceré, pero que indudablemente justifican del todo una actitud rara e impertinente.
Lo que ocurre entonces es que no puedo menos que sentir un poco de vergüenza ajena...y fundamentalmente, una profunda compasión. Porque podría asegurar que cuando intentas resolver la vida de los demás, lo que necesitarías es una segunda oportunidad para que la tuya finalmente quedara como a ti te habría gustado.
En ese punto, por supuesto, ya me resulta completamente imposible enfadarme. Así que solamente asiento.
Pilar

me parece muy acertado tu pensamiento
saludos!
Cuando me pasa a mí, que no tengo ese poder de evadirme de la conversación, ni de los "sabios" consejos que amablemente me proporcionan y que están seguros que no voy a ejecutar, paso al ataque y al menor comentario de su vida, como buen samaritano, le devuelvo su propia medicina.Entonces, al verse inundado de consejos, opta por alejarse del "agua". Objetivo conseguido, no da más la barrila y si posee algo de memoria, no volverá a ser impertinente.