En teoría la convivencia es un asunto de inteligencia.

Y puede que lo sea, o puede que asi funcionen las relaciones entre las personas, al menos en parte: haces lo que se espera de ti, el otro hace lo que se espera de el, y de este modo todo va sobre ruedas y el mundo se parece a un mundo perfecto de una forma sorprendente.

El problema viene cuando resulta que el otro en cuestión se queja de que no es feliz, a pesar de todos tus esfuerzos. "No me siento bien tratado/a" dice. "A veces siento que no te importa nada de mi".

Escuchar esto cuando te esfuerzas tanto por ser complaciente es como mínimo irritante. "Cómo es posible. Hago todo lo que quieres, me adapto a ti, te consiento, me preocupo. ¿Cómo puedes decir una cosa tan estúpida?"

A partir de ahi todo lo siguiente es imposible de prever, pero en el mejor de los casos se llegará a la reflexión...o a la ruptura. Es normal.

Es horrible esforzarse por hacer lo que por naturaleza no se haría jamás: genera ira, desesperación, impotencia y finalmente se lleva por delante todo lo que se haya construido sobre esa base. Es un esfuerzo inútil construir asi. No funciona y en lo personal, muy personal, me alegro de que no funcione.

Llegados a ese punto es tanto a lo que se ha renunciado, es tanto lo que se ha mentido, es tanto lo que se ha culpado al otro congénere que ya es casi imposible conectar con el origen de todo, que es el afecto.

Podríamos habernos dejado fluir. Podríamos haber sido sinceros para bien y para mal. Podríamos habernos arriesgado a mostrarnos tal cual ibamos siendo. Podríamos haber seguido el proceso del amor con flexibilidad. Podríamos haber apostado por la conexión con el otro, por el respeto, por la autocrítica, por la ternura, por el cariño.

Pero hemos apostado por la mente, por el ego, por la máquina de juzgar que nunca se detiene, por el cansancio, por la lucha a ciegas... y ahora hay que volver a empezar.

Otra vez.

Pilar

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